Camino de Santiago en el tiempo y en el recuerdo
Han transcurrido veintinueve años desde mi primer Camino desde Saint Jean Pied de Port hasta Compostela y he vuelto a releer el diario que escribí entonces. La simple lectura de los sesenta folios, ya amarillentos, ha hecho despertar en mí nuevamente sensaciones de lo vivido aquellas lejanas jornadas del año 81. Nuestra experiencia comienza el 3 de julio y finaliza el 1 de agosto.
Me llama poderosamente la atención la diferencia que existe entre la realidad actual del Camino y la de entonces. Durante aquellos treinta días solamente tuvimos ocasión de conocer a otro peregrino (Suizo) que estaba realizando el Camino a pie como nosotros, y otros cinco peregrinos ciclistas. En la oficina del Cabildo compostelano sólo habían registrado un total de 159 peregrinos en lo que llevábamos de año. De las veinticuatro poblaciones donde dormimos, solamente en una existía albergue (Santo Domingo de la Calzada), que casualmente se estrenó con nuestra llegada, y que dependía de una institución ligada al Camino: la Cofradía del Santo.
La señalización del Camino era entonces muy precaria, e inexistente en muchos lugares, lo cual nos ocasionaba frecuentes pérdidas de rumbo. Los tramos de asfalto eran muy abundantes, no existían los andaderos actuales. Las concentraciones parcelarias habían amputado tramos originales al Camino, obligándonos a dar incómodos rodeos por las nuevas redes.
A pesar del profundo cambio positivo de la realidad del Camino, en este intervalo de años hay que resaltar como nota negativa la masificación, que ha traído la pérdida casi total de aquel carácter hospitalario que distinguía a los habitantes de los pueblos del Camino, quienes en ausencia de albergues siempre supieron estar a la altura de las circunstancias, prestando a los pocos peregrinos que pasábamos el auxilio y la atención a su alcance: un simple vaso de agua, conversación… y, sobre todo, hospitalidad.
Un extracto de la otra carta:
“El 82 era Año Santo y hubo muchos peregrinos. Quedamos sorprendidos al ver en el libro de peregrinos de Roncesvalles que a día 25 de julio ya habían pasado por allí 300 personas. Y en Mellide el sacerdote que nos acogió en su casa nos dijo que en ella habían dormido ya cerca de 600″
“Nos guiábamos por el sol, a veces por las estrellas, y procurábamos seguir la línea recta. Aquel Camino era más descansado porque como no existían los albergues, no había un lugar al que llegar, por lo que te detenías cuando considerabas que ya era suficiente por esa jornada. Allí nunca faltaba techo: casi siempre algún local parroquial o escuela municipal, pero también dormimos en cass particulares, pajares, monasterios…”
La verdad es que en cierto modo da pena que se haya perdido parte de ese espíritu, pero el Camino sigue siendo un reducto de hospitalidad y espiritualidad en un mundo donde estos valores parecen perdidos. Disfrutémoslo antes de que cambie aún más.
¡Buen Camino, amigos!