El emperador, mientras tanto, esperaba en Valcarlos jugando al ajedrez con el traidor Ganelón. Al oir el sonido de la trompa de Roldán, Carlomagno partió en su ayuda, pero cuando llegó tan sólo encontró los cuerpos sin vida de todos sus caballeros.
Postrado sobre una roca, en la que según se cuenta aún perduran las marcas de sus lágrimas, lloró por su sobrino y sus hombres. Después, montó en su caballo y partió en busca de quienes habían perpetrado aquella matanza.
Con la ayuda de Dios, que detuvo el avance del Sol y alargó el día, alcanzó a los musulmanes que, acosados por los hombres del emperador, intentaron cruzar el Ebro pereciendo todos, unos por las armas de los franceses y la mayor parte ahogados. Después derrotó a Marsilio, hizo juzgar a Ganelón or traidor y ordenó descuartizarlos.
