miércoles, 17 de septiembre de 2008

Peregrinaciones en la Edad Media

El cristiano en la edad media tenía la obligación de confesarse al menos una vez al año. El confesor imponía una penitencia, que era a veces muy onerosa, para que quien recibiera la absolución, se le redimieran las penas temporales en esta vida y en la otra. La indulgencia consiste en la remisión total o parcial de esas penas temporales, otorgada por la Iglesia a cambio de obras buenas. En un principio sólo había indulgencias parciales, pero a partir del siglo XI, y en relación con las luchas en defensa de la fe y con las cruzadas, surgieron las indulgencias plenarias. El cristiano ponía en juego su vida, y bien merecía el premio de la Iglesia con las máximas gracias. La primera indulgencia plenaria la otorgó el papa Alejandro II en el 1063 a los que tomaron parte en la cruzada que se disputó en Barbastro, España, y que logró la primera reconquista de esta ciudad. Los combatientes que fueron a alas cruzadas a Tierra Santa también recibieron esta indulgencia plenaria.

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El Concilio IV de Letrán de 1215 extendió la indulgencia plenaria no sólo a los que fueran a las cruzadas, sino también con la posibilidad de aplicarlas a los difuntos, a manera de sufragios. En el 1300 Bonifacio VII decreto año jubileo con indulgencia plenaria a todos los peregrinos que acudieran a Roma. El comercio de indulgencias o su excesivo empleo, recaudatorio fueron lamentables corruptelas. Por ello el Concilio IV de Letrán trató de frenar estos abusos.
Los cristianos se lanzaron a los caminos de Roma, a visitar las tumbas de Pedro y Pablo, a Santiago de Compostela, y a Jerusalén a ver el Santo Sepulcro. La peregrinación tenía un carácter penitencial y otras una aventura ascética (búsqueda del cúlmen espiritual), pero siempre impregnado el sentido penitencial.

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El peregrino hacía testamento antes de ponerse a viajar. El hábito y las cartas testimoniales servían para diferenciar al peregrino y le hacían acreedor de especia protección que le otorgaban las leyes eclesiásticas y civiles. Las peregrinaciones constituyeron un fenómeno histórico sin precedentes, no tan sólo en lo religioso, sino también en lo cultural, social y económico. Durante siglos muchos cristianos recorrieron Europa y Próximo Oriente, haciendo contactos y relaciones entre los pueblos, que de otro modo jamás se hubieran producido. Floreció la vida mercantil, surgieron barrios de comerciantes y artesanos. Por esas vías penetraron modas y géneros de vida, estilos artísticos e influencias literarias. La fe y el entusiasmo de los peregrinos contribuyó poderosamente al avance de la historia.
Actualmente se sigue enriqueciendo todos estos aspectos gracias a los múltiples peregrinos cualquiera que sea su lugar de peregrinación.

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